LA CARRETERA PRINCIPAL por LACAN
LA CARRETERA PRINCIPAL
La carretera, ese si es un significante que merece ser tomado en cuanto tal: la carretera, la
carretera principal en la que ruedan con sus diversos medios de locomoción, la carretera
que va por ejemplo de Mantes a Ruan. No digo París, que es un caso particular.
La existencia de una carretera principal entre Mantes y Ruan es un hecho que por si sólo
se ofrece a la meditación del investigador.
Supongamos que como ocurre en el sur de Inglaterra, donde son mesurados en exceso
con las carreteras principales tengan que pasar para ir de Mantes a Ruan, por una serie de
carreteras secundarias, como la que va de Mantes a Vernon, y luego de Vernon a donde
quieran. Basta haber hecho la experiencia para echar de ver que no es lo mismo una
sucesión de carreteras secundarias que una carretera principal. No sólo porque los demora
en la práctica, sino porque cambia por completo la significación de sus comportamientos
ante lo que sucede entre el punto de partida y el punto de llegada. A fortiori, se imaginan
una comarca entera cubierta por una red de caminos sin que en ninguna parte exista la
carretera principal.
La carretera principal es algo que existe en sí y se reconoce de inmediato. Cuando salen
de un sendero, de un matorral, de una vereda, de una pequeña vía rural, saben de
inmediato que han dado con la carretera principal. La carretera principal no es algo que se
extiende de un punto a otro, es una dimensión desarrollada en el espacio, la
presentificación de una realidad original.
La carretera principal, si la elegí como ejemplo, es porque, como diría Perogrullo, es una
vía de comunicación.
Pueden tener la impresión de que se trata de una metáfora banal, que la carretera
principal no es más que un medio para ir de un punto a otro. Error.
Una carretera principal no es para nada lo mismo que el sendero que traza el movimiento
de los elefantes a través de la selva ecuatorial. Por importantes que sean, según parece,
no son más que el paso de los elefantes. Esto no significa que no son nada, puesto que
los sostiene la realidad de las migraciones elefánticas. Además, el paso esta orientado. No
se si esos desbrozos conducen, como a veces se dice, a cementerios que resultan
bastante míticos—parece más bien que son depósitos de osamentas—pero sin duda
alguna los elefantes no se quedan en camino. La diferencia que hay entre la carretera
principal y el sendero de los elefantes, es que nosotros sí nos paramos —y la experiencia
parisina vuelve al primer plano—, nos paramos hasta el punto de aglomerarnos, y de
volverlos. tan viscosos, a esos lugares de paso, que confinan con el impase.
Suceden muchas cosas más en la carretera principal.
Sucede que vayamos a pasear por la carretera principal, en forma expresa y deliberada,
para hacer luego el mismo camino en sentido contrario. Este movimiento de ida y vuelta es
también del todo esencial, y nos lleva por el camino de esta evidencia: que la carretera
principal es un paraje, en torno al cual no sólo se aglomeran todo tipo de habitaciones, de
lugares de residencia, sino que también polariza, en tanto significante, as significaciónes.
Uno hace construir su casa sobre la carretera principal, y la casa superpone sus niveles y
se expande sin otra función más que la de dar a la carretera principal. Precisamente
porque la carretera principal es en la experiencia humana un significante indiscutible,marca en la historia una etapa.
La ruta romana, vía nombrada y tomada en cuanto tal, tiene en la experiencia humana una
consistencia muy diferente de la de esos caminos, esas pistas, aún con postas, de
comunicación rápida, que en el Oriente pudieron durante cierto tiempo mantener imperios.
Todo lo que recibió la marca de la vía romana ganó así un estilo que rebasa en mucho el
efecto inmediatamente accesible de la carretera principal. Marca de manera casi
imborrable todos los lugares donde ha estado. Las huellas romanas son esenciales, con
todo lo que alrededor de ellas se desarrolló, tanto las relaciones interhumanas de derecho,
el modo de transmitir la cosa escrita, como el modo de promover la apariencia humana, las
estatuas. Malraux puede decir con razón que desde el punto de vista del m useo eterno del
arte la escultura romana no tiene nada que ofrecer, pero eso no quita que la noción misma
de ser humano está vinculada a la vasta difusión de las estatuas en los asentamientos
romanos.
La carretera principal es así un ejemplo particularmente sensible de lo que digo cuando
hablo de la función del significante en tanto que polariza, aferró, agrupa en un haz a las
significaciónes. Hay una verdadera antinomia entre la función del significante y la
inducción que ejerce sobre el agrupamiento de las significaciónes. El significante es
polarizante. El significante crea el campo de las significaciónes.
Comparen tres mapas en un gran atlas.
En el mapa del mundo físico, verán cosas inscritas en la naturaleza, ciertamente
dispuestas a jugar un papel, pero aún en estado natural. Vean enfrente un mapa político:
encontrarán en él, en forma de huellas, aluviones, sedimentos, toda la historia de las
significaciónes humanas manteniéndose en una suerte de equilibrio, y trazando esas
líneas enigmáticas que son los límites políticos de las tierras. Tomen un mapa de las
grandes vías de comunicación, y vean como se trazo de sur a norte la vía que atraviesa los
países para enlazar una cuenca con otra, una planicie con otra planicie, cruzar una
serrahía, pasar sobre puentes, organizarse. Verán que ese mapa es el que mejor expresa,
en la relación del hombre con la tierra, el papel del significante.
No hagamos como aquella persona que se maravillaba de que los ríos pasasen
Justamente por las ciudades. Sería igualmente necio no ver que las ciudades se formaron,
cristalizaron, se instalaron en el nudo de las rutas. En su encrucijada, por cierto que con
una pequeña oscilación, se produce históricamente lo que se torna centro de
significaciónes, aglomeración humana, ciudad, con todo lo que esa dominancia del
significante le impone.
¿Qué sucede cuando no la tenemos a ella, la carretera principal, y nos vemos obligados,
para ir de un punto a otro, a sumar senderos entre sí, modos más o menos divididos de
agrupamientos de significación? Para ir de tal a cual punto, podremos elegir entre distintos
elementos de la red, y podremos hacer nuestra ruta así 0 asa, por razones diversas,
comodidad, vagabundeo, o simplemente error de bifurcación.
De esto se deducen varias cosas, que nos explican el deliro del presidente Schreber.
¿Cuál es el significante que está en suspenso en su crisis inaugural? El significante
procreación en su forma más problemática, aquella que el propio Freud evoca a propósito
de los obsesivos, que no es la forma ser madre, sino la forma ser padre.
Conviene detenerse un instante para meditar lo siguiente: que la función de ser padre no
es pensable de ningún modo en la experiencia humana sin la categoría del significante.
¿Qué puede querer decir ser padre? Conocen las discusiones eruditas en las que de
inmediato se cae, etnológicas u otras, para saber si los salvajes que dicen que las mujeres
conciben cuando son colocadas en determinado lugar, tienen realmente la noción
científica de que las mujeres se vuelven fecundas cuando han copulado debidamente. Por
más que sea, a más de uno le han parecido estos interrogantes la expresión de una
perfecta necedad, ya que es difícil concebir animales humanos tan brutos que no se den
cuenta de que, cuando uno quiere tener críos, tiene que copular. Ese no es el asunto. El
asunto es que la sumatoria de esos hechos —copular con una mujer, que ella lleve luego
en su vientre algo durante cierto tiempo, que ese producto termine siendo eyectado jamás
logrará constituir la noción de qué es ser padre. Ni siquiera hablo de todo el haz cultural
implicado en el término ser padre, hablo sencillamente de qué es ser padre en el sentido
de procrear.
Un efecto retroactivo es necesario para que el hecho de copular reciba para el hombre el
sentido que realmente tiene, pero para el cual no puede haber ningún acceso imaginario,
que el niño sea tan de él como de la madre. Y para que este efecto de retroacción se
produzca, es preciso que la noción ser padre, mediante un trabajo que se produjo por todo
un juego de intercambios culturales, haya alcanzado el estado de significante primordial, y
que ese significante tenga su consistencia y su estatuto. El sujeto puede saber muy bien
que copular es realmente el origen del procrear, pero la función de procrear en cuanto es
significante es otra cosa.
Les concedo que no he levantado aún totalmente el velo; lo dejo para la próxima vez. Para
que procrear tenga su sentido pleno, es aún necesario, en ambos sexos, que haya
aprehensión, relación con la experiencia de la muerte que da al termino procrear su pleno
sentido. La paternidad y la muerte son por cierto dos significantes que Freud reúne a
propósito de los obsesivos.
El significante ser padre hace de carretera principal hacia las relaciones sexuales con una
mujer. Si la carretera principal no existe, nos encontramos ante cierto número de caminitos
elementales, copular y luego la preñez de la mujer.
Según todas las apariencias el presidente Schreber carece de ese significante
fundamental que se llama ser padre. Por eso tuvo que cometer un error, que enredarse,
hasta pensar llevar el mismo su peso como una mujer. Tuvo que imaginarse a sí mismo
mujer, y efectuar a través de un embarazo la segunda parte del camino necesaria para
que, sumándose una a otra, la función ser padre quede realizada.
La experiencia de la couvade, por problemática que nos parezca, puede situarse como
una asimilación insegura, incompleta de la función ser padre. Responde, en efecto,
adecuadamente a la necesidad de realizar imaginariamente—o ritualmente o de cualquiermodo— la segunda parte del camino.
Para extremar un poquito más mi metáfora, les diré: ¿cómo hacen los así llamados
usuarios de las carreteras cuando no hay carretera principal, cuando es preciso pasar por
carreteras secundarias para ir de un punto a otro ? Siguen los indicadores colocados a
orillas de la carretera. Es decir que cuando el significante no funciona, eso se pone a
hablar a orillas de la carretera principal. Cuando no está la carretera, aparecen carteles
con palabras escritas. Acaso sea esa la función de las alucinaciones auditivas verbales de
nuestros alucinados: son los carteles a orillas de sus caminos.
Si suponemos que el significante sigue sólo su camino, prestémosle atención o no,
debemos admitir que hay en nosotros, más o menos eludido por el mantenimiento de las
significaciónes que nos interesan, una especie de zumbido, un verdadero zafarrancho, que
desde la infancia nos ensordece. ¿Por qué no concebir que en el preciso momento en que
se sueltan, en que se revelan deficientes las abrochaduras de lo que Saussure llama la
masa amorfa del significante, con la masa amorfa de las significaciónes y los intereses,
que en ese preciso momento la corriente continua del significante recobra su
independencia? Y, entonces, en ese zumbido que tan a menudo nos pintan los alucinados,
en el murmullo continuo de esas frases, de esos comentarios, que no son más que la
infinitud de los caminitos. Los significantes se ponen a hablar, a cantar solos. El murmullo
continuo de esas frases, de esos comentarios, no es más que la infinitud de los caminitos.
Por lo menos es una suerte que indiquen vagamente la dirección.
La próxima vez intentaré mostrar cómo todo lo que, en el delirio, se organiza y se orquesta
según diferentes registros hablados revela, tanto en su escalonamiento como en su
textura, la polarización fundamental de la falta súbitamente encontrada, súbitamente
percibida de un significante.
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