CRÓNICA DEL PAJARO QUE DA CUERDA AL MUNDO (HARUKI MURAKAMI)



La carta de Kumiko
Tengo muchas cosas que explicarte. Para contártelo necesitaré mucho tiempo. 
Quizá varios años. Hace mucho que debería habértelo confesado todo honestamente. 
Por desgracia, me faltó el valor para hacerlo. Además tenía la vana esperanza de que 
las cosas no llegaran a ser tan horribles. Y el resultado ha sido esta pesadilla. Soy 
culpable de todo. Pero, sea como sea, ya es demasiado tarde para dar explicaciones, no 
me queda tiempo. Ahora quiero decirte, en primer lugar, lo que es más importante 
para mí.
Tengo que matar a mi hermano, Noboru Wataya.
Ahora voy a ir a la habitación del hospital donde  él está durmiendo con la 
intención de desconectar el aparato de respiración asistida. Soy su hermana, puedo 
cuidarlo de noche en lugar de las enfermeras. Aunque lo desconecte, durante un rato 
nadie se dará cuenta. El médico me enseñó más o menos cómo funcionaba el aparato. 
Y sólo cuando tenga la certeza de que mi hermano está muerto, iré a la policía y confesaré que lo he dejado morir intencionadamente. No les daré ningún otro detalle. Les 
diré que me he limitado a hacer lo que consideraba correcto. Seré detenida en el acto 
por homicidio, luego me juzgarán. Habrá una avalancha en los medios informativos y 
cada cual expresará su opinión. Es probable que hablen también de muerte digna. 
Pero yo no diré nada, callaré. No tengo la menor intención de dar explicaciones, ni 
pienso defenderme. Es muy simple, he querido matar a un hombre llamado Noboru 
Wataya. Es la única verdad. Posiblemente vaya a la cárcel. Pero no me da miedo. Para 
mí, lo peor ya ha quedado atrás.
Si no hubieras estado conmigo, habría enloquecido hace ya mucho tiempo. Me 
hubiera entregado por completo a otro y hubiese caído en un abismo del cual no 
habría podido salir jamás. Mi hermano mayor, Noboru Wataya, le había hecho lo 
mismo hace mucho tiempo a mi hermana mayor y ésa fue la causa de su suicidio. Él 
nos mancilló. Para ser exactos, no es que nos mancillara físicamente. Lo que él hizo 
fue aún peor.
Privada de la libertad de actuar, permanecía encerrada y sola en una habitación 
oscura. No tenía los pies encadenados, ni había vigilantes, pero  yo no podía huir de 
allí. Mi hermano me mantenía sujeta con una cadena y bajo una vigilancia mucho más 
poderosa. Yo misma. Yo era la cadena que me inmovilizaba los pies, el vigilante que 
jamás dormía. Una parte de mí deseaba huir. Pero había otra parte, cobarde, degradada, que se había resignado al encierro pensando que, hiciera lo que hiciese, 
jamás podría escapar. Y la parte de mí que deseaba huir jamás podría vencer porque 
mi corazón y mi cuerpo ya estaban mancillados. No tenía derecho a volver a tu lado 
huyendo de allí. No sólo había sido mancillada por mi hermano mayor, Noboru 
Wataya. Antes, ya me había mancillado a mí misma irreparablemente.
En la carta que te envié te contaba que me había acostado con otro hombre. 
Pero no era cierto. Ahora debo confesarte la verdad. Me acosté con muchos hombres. 
Con un número incalculable de hombres. Ni yo misma puedo entender qué me 
impulsaba a hacerlo. Si lo pienso ahora, es posible que fuera la influencia de mi 
hermano. Me da la sensación de que él abría una especie de cajones que había en mi 
interior, sacaba fuera algo incomprensible y me inducía a tener relaciones sexuales con 
un hombre tras otro. Mi hermano poseía esa clase de poder y, aunque no quiera 
reconocerlo, nosotros dos estábamos unidos por un punto oscuro.
En cualquier caso, cuando mi hermano vino a mí, yo ya me había mancillado 
irremediablemente. Llegué incluso a contraer una enfermedad venérea. Pero, tal como 
te escribí en la carta, en aquella época era incapaz de tener sentimientos de 
culpabilidad con respecto a ti. Me parecía que obraba del modo más natural del 
mundo. No debía de ser mi verdadero yo. Es la única explicación que se me ocurre. 
¿Pero es cierta en realidad? ¿Puede terminar la historia de una forma tan simple? ¿Cuál 
es entonces mi verdadero yo? ¿Hay algún fundamento legítimo para pensar que quien está 
escribiendo ahora esta carta sea «mi verdadero yo»? Nunca había podido estar segura 
de mi «yo» y tampoco puedo estarlo ahora.
Soñaba contigo a menudo. Eran unos sueños llenos de coherencia, muy 
vívidos. En sueños, tú siempre me buscabas desesperadamente. Nos hallábamos en 
una especie de laberinto y tú ya estabas muy cerca de mí. Quería gritar: «i Ya te falta 
poco, por aquí!». Pensaba que si me encontrabas y me estrechabas entre tus brazos, 
todas mis pesadillas acabarían y todo volvería a ser como antes. Pero no podía gritar. 
En la oscuridad, tú no me veías, pasabas de largo y te ibas. Siempre sucedía lo mismo. 
Pero aquellos sueños me ayudaron, me dieron ánimos. Por lo menos, aún me 
quedaban fuerzas para soñar, ¿verdad? Eso no me lo podía quitar ni siquiera mi 
hermano. Sentía que hacías todo cuanto estaba en tus manos para acercarte a mí. 
Pensaba que, algún día, tal vez lograras encontrarme. Me abrazarías fuerte, lavarías mis 
manchas y me salvarías para siempre. Quizá rompieras el hechizo y sellaras la salida 
para que mi verdadero yo no volviera a irse a ninguna parte. Por eso conseguí 
mantener encendida la débil llamita de la esperanza en aquella oscuridad fría y sin 
salida. Podía preservar un tenue eco de mi propia voz.
Esta tarde he recibido la contraseña para acceder a este ordenador. Alguien me 
la ha enviado por correo urgente. Estoy escribiendo el mensaje desde el ordenador del 
despacho de mi hermano gracias a esa contraseña. Espero que el mensaje te llegue.Se me acaba el tiempo. Me espera un taxi fuera. Ahora tengo que ir al hospital. 
Debo matar a mi hermano y ser castigada. Es extraño, pero ya no lo odio. Sólo siento, 
con absoluta serenidad, que debo borrarlo de este mundo. Creo que tengo que hacerlo 
también por él. Tengo que hacerlo, pase lo que pase, para que mi vida cobre sentido.
Por favor, cuida del gato. Estoy muy contenta de que haya vuelto. Se llama 
Sawara, ¿no? Me gusta el nombre. El gato siempre ha sido el símbolo de algo bueno 
que nació entre tú y yo. No tendríamos que haberlo perdido entonces, ¿verdad?
Ya no puedo escribir más. Adiós.

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