“COSTA DEL LAGO” por URSULA MARINA

                                                                                 A mi amor; mi Paz…

     Es de día y estoy apoyada sobre un tronco gris, sosegado y muerto. Pienso en la playa de niña y me parece tan distinta ahora que llevo mis años en mochila… En aquél entonces, los churros y los pirulines colmaban mis tardes y no había gloria más alcanzable que un barquito con dulce de leche. Pero con treinta y pico la playa me aburre, la evito, evito el contingente y los gritos de niños jugando cerca. Busco alguna tranquilidad de sorteo lejos de la playa y la ciudad. Ahora escribo y el lago de frente me encara con olor a calma. Ni siquiera la puedo tragar plenamente, la degluto de a pedacitos, en porciones. Toco la superficie del agua fría; el sol acaricia mis mejillas haciendo que me duela un poco. Recuesto mi pie descalzo sobre la alfombra de piedras. Algunas son pinchudas, otras planas y alargadas. Dicen que hay que meterse en medias al agua, por las piedras. Eso dicen. De frente el Gigante me alucina. Observo quieta el leve tintineo del agua contra las piedras de la orilla del lago y el reflejo del sol espejado se muestra de revés. Bebo un sorbo aunque esté prohibido. Remiendo elecciones tan poco mías y alejadas de la costa, con montones de respuestas inventadas porque así es mejor. Una lancha a varios metros arranca su motor y entonces se levanta un oleaje chiquitín ahí nomás a mi vista. Olas suaves, casi tímidas, como si pidieran permiso para hacerse ver. Tiro una piedra y oigo el chapoteo contra el espejo de agua. Soy diminuta y petiza debajo del sol enorme. Veo veo en un todo. ¿Qué ves? Veo un Yo recortado por fuera de la ciudad. Mi consultorio blanco de televisor LED para días de guardia y el papel membretado con sello de psiquiatra en cinta de almas repetidas. Se estancan mis ojos en el algo del lago; no alcanzo a ver más allá de la línea continua de agua. Sin un tiempo, monstruo humano, invento y paradoja o calculada distracción de los pobres de espíritu. Ellos agendan en horarios chiquilinadas perpetuando la metonimia que deshace y rehace ceremonialmente. Estoy escribiendo melancólica y enojada. Enojada con el tiempo que todo lo divide y digiere lógicas de pasado, presente y futuro en albóndigas huecas. ¿Ves? De nuevo las porciones. Entrada, plato principal y postre.
    Un gorrión aterriza cerca mío. Lo miro y recuerdo los momentos que arman lo efímero de mis preocupaciones en la ciudad. Vivo de manera neurótica al divino botón, sellada en papel membretado. Puedo encontrar fácilmente el sentido, pero eso porque ya inventé la respuesta de antemano. El lago en cambio no es invento, es eso. ES. Tiene su palabra pero la trasciende. Guarda bajo la manga el viento a favor. Divino hasta para los ateos. El Gigante y luminoso, espejo natural del cielo y anónimo como ninguno. Se parece un poco a la luna azul y hermosa.
    Apenas escribo, dicto la próxima frase que deja de ser en su pura naturaleza insoslayable. Reino animal y vegetal  y yo por fuera recortada, raspando horas desde una vidriera, alimentando tiempos en bolsitas masticables. Una acción negatriz detrás de la otra y entonces yo no soy, dejo de ser plena apenas escribo y dicto la próxima frase que vendrá.
    Los domingos sin embargo tienen otro tiempo, distinto o informal. Pero este domingo transcurre muy veloz, en tren bala. En dos días debo volver a la ciudad. No quiero. Por montones de motivos inventados. Estiro el instante desde la vidriera y toco la hoja escrita. La toco con el suave arrullo de domingo. Este domingo transcurre de modos que yo ya no reconozco.
    Voy a embeberme en el agua de la manera más infrahumana posible. ¿Cómo sentirán los peces ser pez? ¿Cómo será alimentarse de plancton, vivir del agua? Ahí aparezco yo en división, teñida por preguntas tiradas al aire, emerjo la falta de dónde sea. En simultáneo, me siento chata, acortada por atajos de palabras. Yo que bailo siempre entre extremos; rodeo las horas entre melancólica infancia o anhelante vejez.
    La tarde se esfuma entre el aire que pisa el lago. Los colores mutan en tonalidades caleidoscópicas. Comienzo a extrañar el color que se fue. Me sorprendo. Pienso en dibujos planos sin perspectivas como en una pintura de Picasso. El lago se mete en mi sangre, el cielo es mi sexo y las piedras se me inyectan por debajo de las uñas. Yo soy tronco de árbol, costa del lago, muebles de nubes y pez rápido en su nado. Soy ración de la tierra madre, piedra mojada y aullido de hojas de pino. Disuelvo en arena el parámetro que me mide por parcela y mezclo el sol con tulipanes voladores. Soy eso algo y callo para entrarme cada vez más. Oigo silbidos en el viento, campanas desde el fondo del agua. Estallo en miles de mariposas blancas que vuelan en bandada. Me reencuentro con las piedras pero desde abajo, alumbrado soy por un rayo de luz, brazo del sol. No conservo ninguna boca delante de mí, eso algo soy con todo lo demás en uno. Me agito en partículas insignificantes y atravieso los kilómetros de lago al ras del agua verde, azul, celeste, piedra con olor a humedad. Un ave, dos, tres. Decenas unas al lado de las otras, algunas por detrás también formando un escudo en el aire. Ahora yo soy escudo de aves. Intuyo el caer pesado de la tarde sobre mis alas y algas a mi vista me avisan el mejor lugar de aterrizaje. Mis patas están retraídas, mi pico duro. Preparo mi toráx para aterrizar hasta caer livianamente sobre algún lugar de la costa. Me arroja la mano de un niño. Soy piedra gris y dura, plana. Tanta rigidez me denuncia y soy sin poros ni agujeros. Me hago mimos con la orilla de a poco. Estoy suave, todo un Yo sin ley que lo corrompa. Me importa sólo lo inmediato como por ejemplo el cambio de clima en el agua. Uso mis escamas para respirar latente. No pienso. Quien escribe está dividiéndome en Uno y Palabra. Nado con otros y aleteo hasta el fondo parquet de algas. Veo en colores pocos. No oigo. El sonido existe fuera de mí. Adentro todo se oscurece. Yo soy el nado vivo del pez. Yo soy. SOY. Me transformo en millares de gotas pegadas unas a otras y me formo lago. Agua de frente al sol que cae y se despide. Piso la luna con ojos de agua viva en oleaje bailarín. La noche me besa boca arriba. Hay espejo mojado y fosforescente. Arriba el todo me encapsula en un cielo estrellado y condensado.  Miro de frente, boca abajo, hacia los costados. Soy espectadora del más bello planetario real y de forma cilíndrica. Los cuerpos celestes del cielo son como peces de agua dulce, atemporales todos de nostalgias. ¿Hacemos el amor?

     P.D: Rompemos la vida en días, repuestos de agenda y caminamos de nuca al cielo. El lago inundado de lo puramente propio y visceral, pero bien lejos. La palabra vacía hace mella en nuestro cuerpo. Parlamos erguidos ante metas conflictuadas, teleológicas. Entonces me escribo, le escribo a la otra Yo dividida. Estoy apoyada sobre un tronco gris, sosegado. Es de noche. Y yo tan agujereada, tan poco plena.

    Dicen que hay que meterse en medias al agua, por las piedras. 


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