Peine fino (por Ursula Marina)
Peine fino
A Virginia, chacabuquense y buena amiga
¿Qué hacemos cuando accionamos acorde a lo
que nuestras costumbres o hábitos deciden que hagamos? Hay quienes hablan
repitiendo eso que ya escuché tantas veces en esta vida, sin embargo tal vez no
sean aquéllas palabras la fuga de mis esperanzas. Porque nunca sé si yo o el
otro estamos en lo cierto, ni siquiera sé qué hay de cierto cuando digo
“cierto”. Quizás por estas mismas dudas que esta noche azotan mi sueño y me
quitan de encima el día entusiasmado, quizás por estas mismas dudas bañadas de
preguntas, vivo. Pero la vida se presenta como en un viaje en tren, bocetando
escenas escapadas al ojo y la memoria y a veces detenida en una estación
inmediata y pronta a recibir todo aquél que quiera bajar. Y yo miro, viajo,
pienso en agujeros. Agujeros de todos los colores y tamaños, pero todos con algo
en común: la falta. La falta como la muerte misma vestida de una dulce brisa
que nubla los ojos y enfría los corazones.
La palabra en su pura esencia, ella me miente y yo asumo la mentira en
complicidad de humana arquitectura y eso porque hablo, porque otros me
enseñaron a hablar lo incierto y entonces qué me vienen ahora con certezas. La
falta como agujero negro, ombligo de los sueños y fremdes Ding, una tierra extranjera en la propia tierra por
escisión de la una tierra, que nunca más retorna a la unidad, nunca más el
alfa. Un fondo negro y tus manos que se desdibujan de las mías y te vas como en
una humareda de polvo, te vas hacia arriba hasta desaparecer en miles de
millones de moléculas intocables. Y vuelvo a creer en la ficción, porque me
siento así de mínima y le pregunto a otros por vos, busco la verdad como si
fuera una o creo en la palabra como el alfa aunque sea mentira. Y todo porque
me falta tu sonrisa en cada mañana postergada por un día colmado de palabras
injustas e inútiles. ¿Qué hacemos? Hablamos, escribimos, creamos, buscamos eso
que nunca es uno y que nos restaure de la división irreductible que somos,
porque somos…
Su
madre siempre fue “la gitana”. Acostumbraba desaparecer de la casa de la calle
Naón en Coghlan durante algunos meses y nadie del barrio sabía acerca de ella. Hasta
que llegaba una carta que el portero del edificio deslizaba por debajo de la
puerta después de subir la escalera de emergencia silbando y haciendo
ruido con el manojo de llaves colgando de su cinturón. Entonces Malena y Lupe
abrían la carta con cuidado, sacaban el papel y la leían en voz alta, juntas,
casi como un ritual de navidad. Y siempre parecía que las palabras se quedaban
cortas, “amarrocaban” mensajes. Aún así la perdonaban cada vez; la
gitana siempre había sido así desde mucho antes de Malena y Lupe. Antes y
siempre, ocupada por misterios y pies descalzos en la casa, aros largos y de
colores y pelo rizado con olor a sahumerio de azahar. Cuando la gitana volvía
(sin ningún aviso) les traía incienso y mirra y entonces Malena con años
chiquitos se imaginaba a su mamá viajando por el mundo con los reyes magos y dejaba
caminar las noches por al lado acompañada a veces de su hermana Lupe, minutos
codiciosos de estrellas y de historias con duendes, gigantes, tierras
brillantes de purpurina, y la gitana enredada
en cortinas de fantasía. ¿Ves esa
estrella, esa fugaz, que pasó rápido,
no la viste? Esa es la gitana pasando con los reyes. Ahora seguramente debe
estar llegando al medio oriente, se pega un baño y vuelve con regalos. Vos dale un par de días nomás que la vuelta
es larga desde allá hasta acá, hay mucho tránsito viste. Palabras que salían de la boca adolescente de
Lupe y llegaban al corazón chiquitito de Malena, pero se deshacían apenas con la
nata del desayuno hasta volar al trazo de una birome negra bajando el almanaque
en la otra página, y entonces la gitana volvía con un canto en el aire, inflada
de nuevas melodías que se aprendía en esos viajes de reyes magos.
Malena no podía dormir bien a la noche,
desde hacía varios meses sufría de insomnio y a pesar de los intentos por
dormir, continuaba sin consolar aquello que la desvelaba cada vez. Como una
rutina prescripta se levantaba de la cama y abría con cuidado la puerta del
baño para no despertar a su hermana. Bajaba la tapa del inodoro, se sentaba y
se quedaba mirando quieta, en un mutis de madrugada, las manchas de humedad del
techo, el espejo con óxido negro en los extremos, el cepillo de dientes rosa de
su hermana acostado detrás de la canilla y las gotas que se desprendían de la
boca de la canilla cada medio minuto. Se quedaba ahí un buen rato, nunca sabía
cuánto, porque ese era un instante liso, allanado por la noche y descalzo como
los pies de su mamá. Era ahí mismo donde recusaba las horas chiquitas de reyes
magos varios almanaques de tiempo atrás. La gitana la sentaba en la misma
posición con la tapa del inodoro baja y con una mano le pasaba el peine fino
después de haberle echado una buena dosis de nopucid en la cabeza. El peine se
deslizaba fácil, haciendo un sonido suave como de caricia sobre pelo mojado. Y
cuando llegaba a la punta de su pelo, la gitana elevaba la mano en el aire con
el peine y lo miraba a trasluz de la tulipa del baño. Había días en los que el peine aparecía limpio
de piojos y Malena podía adivinar una suerte de frustración, la espuma blanca
del nopucid furiosamente acumulada entre las cerdas de metal, pero nada vivo
entre las patas largas del peine. También estaban esos otros días, tardes de
mate con leche y dibujitos en la tele y algún que otro piojo vivo con las patas
moviéndose desesperadamente en el peine. Y la gitana intentando esquivar una
mueca de goce, una alegría a muda voz haciendo presión contra su boca y sus
ojos a punto de estallar de sorpresa y morbosidad. Piojos vivos, y palabras que
la gitana repetía toda vez que capturaba alguno: Te habrás contagiado en la pileta del club che, qué cosa si todas las boludas que van a las
reuniones del sindicato y se quejan de esto y de aquello, en lugar de quejarse
tanto, se pusieran a sacarle los piojos a sus pibes, habría menos
quilombo…Habría menos quilombo en el mundo che. Y ahí nomás sumergía el
peine en un vaso alto lleno de agua y las dos se agachaban apenas el peine se
hundía; se agachaban rápido hasta estancarse un buen rato viendo cómo los
piojos de distintos tamaños, algunos más gorditos y otros diminutos y todavía
flacos, se escapaban de las cerdas del peine y dejaban paulatinamente de mover
sus patitas muriendo ahogados. La mirada de ambas aquietada detrás de la espuma
del nopucid flotante en el vaso alto y los piojos levitando al revés y hacia
abajo… Y después de ese rato, la gitana los tiraba por el inodoro, pero Malena
sabía como por inercia que a la gitana le hubiera gustado momificar ese momento
y sacarle una foto. Igual que a ella. Porque cuando se tiraba la cadena, el
capítulo del nopucid y los piojos se terminaba ahí nomás y la gitana se calzaba
las chatitas otra vez. Sentada con la
tapa baja podía reavivar la escena de foto vieja y siempre con la cortina de
“Money” de fondo. Quizás porque de día y
con el insomnio sepultado bajo la piel, a Malena le gustaba bailar en su cuarto
sola, escuchando una y otra vez el tema “Money” poseída por el bajo de Roger
Waters y el sonido de las monedas como augurio de lo que se venía. El disco
“The dark side of the moon” era uno de sus favoritos y lo había escuchado
tantas veces que conocía casi de memoria cada compás, cada slap del bajo (ese
instrumento le gustaba mucho) y las notas sombrías y a la vez hermosamente perecientes
que saltaban de las cuerdas vocales de Richard Wright. Se paraba entre las dos
camas (la de su hermana y la de ella) y movía lento la cadera mientras paseaba
sus manos por los costados de su cintura, sus pechos adolescentes y hamacaba despacio
la cadera y la cola. Cosquilleos le subían desde los talones hasta estacionarse
y hacer mella en el bajo vientre dando ganas de bailar y acostarse con
cualquiera. Giraba la perilla y subía el
volumen hasta el 85 del minicomponente que le había regalado su hermana Lupe
con el sueldo de dos meses en su primer trabajo como mesera del bar “Dr. Freud”
cerca de la Facultad de Psicología. A contramano de Malena, la vida de Lupe
giraba como la rueda del hámster. Facultad, propinas, colectivo, papel higiénico,
arroz, apuntes y a dormir. Y la gitana que no volvía. Medio año había pasado
desde su última partida y cinco meses desde su carta toda arrugada y con letras
eufóricas diciendo que estaba en Lincoln, que había pasado por su pueblo natal
Chacabuco a visitar al único pariente que le quedaba, un tío abuelo de 96 años llamado
Nicanor, y que entre mates y fotos le había confesado haber trabajado como
fotógrafo periodístico en la segunda guerra mundial allá por el ´40. Le mostró algunas fotos que él guardaba en un
cajón viejo de roble pesado y un agujero en la frente de un chico de quince
años, millones de hombres y mujeres desnudos tumbados y fríos sobre montículos
de arena, todo ese desastre en blanco y negro. Entonces escribió que mejor sería
repuntar el viaje hacia Lincoln donde vivía una amiga de la infancia que vendía
mermeladas de tomate y fumaba opio en el jardín todas las noches, hundida en un
camisón de bambula y con los pies metidos en una palangana de lata llena de
agua. Pero seis meses habían pasado por el almanaque de la cocina de Coghlan y
Lupe pensó que ésta era un nuevo récord de la gitana, no guiness, récord gitana
le llamaba ella. Nunca vas a volver a ser
lo que alguna vez fuiste para mi… - las notas de cumbia de Onda Vaga sonaban
en su mp3 mientras Lupe hacía un reconteo de los récords gitana sobre el 41 que casi volaba por la avenida Cabildo. Su
pensamiento como un tobogán infinito, sin principio ni fin, un tobogán de
vueltas circulares. La gitana rodeada por una aureola multicolor y la misma
casa de Coghlan un sábado rimbombante, repleto de bailes cortitos entre Lupe y
la gitana, el disco de pasta gritando canciones de Trocha Angosta y un runrún
de humo de espiral para mosquitos en el piso a medio consumir. Espiral. Olor a espiral. La gitana en espiral.
Pucha cómo extraño ese olor a espiral.
Y ella prendiéndolo con cuidado, apoyándolo sobre un platito y planeando una
sonrisa dibujada y cuidadosa en una mueca suave y anochecida como ese día
lluvioso, irritablemente lluvioso. Las hojas de los árboles de la calle Naón ya
habían empezado a caer acopiosamente sobre el suelo
transpirado. Las hojas muriendo aplastadas por apuradas pisoteadas y alguno que
otro resbalando sin querer de cola al
piso. Las bocacalles colmadas de borbotones de agua que salían en olas de
diferentes alturas. La luz cortada en toda la manzana y entonces el apagón en el
edificio de la calle Naón. Los postigos golpeteando contra las ventanas del
noveno “A” donde Malena regaba hasta hacía un momento las macetas del balcón
pero ahora parecía como si el cielo tomara forma de bola ennegrecida y furioso se
estuviera cayendo aplomado sobre la calle. Malena se había sentido horas antes
no menos que angustiada. Una bola de aire espeso le comprimía el pecho y
quería, sentía que acaso sería mejor
gritar fuerte hasta romperse la garganta, pensando en cada cuerda vocal como un
pelo quebrado bajo el compelido atado de grititos agudos que estallaban en
miles de pedazos de garganta. La irritaba el ruido de la pava hirviendo,
siempre se le pasaba el tiempo justo de la pava en el fuego y del otro lado de
la mesa el mate de la gitana, lleno hasta el borde de yerba húmeda pero vieja,
enmohecida con una sombra de pelusa blanca que ya estaba escalando por la bombilla
enterrada, abandonada. Y arriba del mate,
un almanaque con varios meses purgados
encima y demasiado espacio en blanco en los días del ahora. Las monedas
de “Money” y el bajo contundente paseándose por sus oídos como en una vuelta
circense de notas musicales estrelladas pero tan armónicas a la vez. Y como en
una vuelta de página, los pies de Malena hirvieron bajo un espeso mar de
corazonadas abarrotadas de sentidos boca arriba. Soltó el vaso con agua que
había usado para regar y el vaso cayó fuerte haciéndose añicos contra el tapete
de madera; mil pedacitos de vidrio como agujas furiosas atacaron el suelo. Con
un brazo se empujó contra una de las paredes de la cocina y tomando envión,
corrió hasta el comedor, miró el reloj que de golpe soltó un ting-tong
sentencioso y el pelo de los brazos se levantó en frío. Un trueno de esos que
asustan bien para adentro, con el sonido de una radiografía gigante, los postigos golpeando más fuerte contra las
ventanas y su corazón…anunciando algo que no sabía qué. Fue corriendo hasta el
baño, bajó la tapa del inodoro y tanteó con las manos su pelo lacio, limpio de
piojos y liendres y cualquier bicho que se le ocurriera andarse descalzo por su
pelo. Múltiples escenas subieron a su cabeza, escenas de baño de tarde y vaso de
agua lleno con espuma de nopucid. La mueca de la gitana en el minuto de los
piojos…Y su decepción de cabezas limpias y vacías de algún bicho como si se
tratara de otro tipo de desencuentro, más visceral, de otro lado más profundo. Sintió cómo el corazón se agitaba de una
manera distinta, más rápida y sofocada y pies descalzos, aros largos y el corazón se agita cada vez peor,
pensó. Olor a incienso de otros aires y la gitana fumando opio en un patio
oscuro de Lincoln y el corazón que se
agita cada vez más, pucha. La lluvia saliendo desde cualquier agujero
ahogado de catástrofes inmediatas, una
voz en off diciendo mirá encontré uno
y el peine fino alzado a trasluz de la tulipa, pero encerrado en una cápsula
amarillenta como de diapositiva vieja y maltratada. La mano de la gitana soltándose
en un desliz suave y la pipa con opio cayendo sobre el pasto alto del patio
oscuro. Y en la otra mano un frasco con píldoras para dormir, pero el frasco vaciado,
agujereado de contenido y todo eso también en amarillo rancio; el cielo
cayéndole sobre el cuerpo ya distante, la mueca olvidada, de polaroid como las
del abuelo fotógrafo, y una boca que se afloja aliviada en un sin retorno y
para abajo. El corazón le late demasiado fuerte pero por un instante aletargado
de hilados finos de cinco mil monedas que van cayendo y entonces suena el bajo
grave como el ting-tong del reloj que anuncia una infancia colgada sobre la
pared del almanaque en blanco, quieta como aquéllos bichitos del insomnio,
vieja como las fotos quedadas en el cajón del
abuelo. El baño de esos años acaso rezando por volver; preocupaciones
crecidas, evolucionadas y problemas disfrazados de traje y corbata bajo el ápice
de la hora de los grandes en una vuelta de página acometida en un volumen como
de 85. Y la empieza a extrañar tanto pero tanto que se siente capaz de sumergir
la cabeza en un nido de piojos hambrientos sólo para invocar ese olor a
incienso, pies descalzos y por qué no
una caricia de peine fino en las tardes de reyes magos…una vez más…


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