UN CUENTO MILITANTE por Ursula Marina


            
                                           "El Justicialismo necesita apóstoles y para ser apóstol hay que estar dispuesto a ser héroe, y solamente los fanáticos de amor por una causa son capaces de morir por un ideal". (Juan Domingo Perón)   

    A diferencia de mi viejo, yo no tengo realmente mucho para contar. Hace poco mi vieja se murió de cáncer y recién ahí empecé a pensar sobre las cosas que trae la vida y las que arrastra después como si fueran muebles flotando en el mar. Es por eso que empecé a hablarme con otros, otros que pensaran diferente de aquellos con los que habitualmente hablaba en la oficina, en los bares de Palermo o en el supermercadito cheto de la esquina de casa en barrio norte como si fuera todo parte de un cambio de piel. Yo también llamaba a algunos “negros de acá, negros de allá” usando los colores como ordenadores de almas. Y mientras tanto me aclimataba en un achatado alabastro color blanco, recusando horas blancas en una oficina en las lomas de san Isidro, el departamentito recientemente alquilado y careta de barrio norte. Y yo estaba bien así, me sentía holgado y tranquilo, pero de alguna manera esa era una felicidad programada, un aplastamiento neurálgico, algo así como la anulación subjetiva de fondo de mis verdaderos anhelos.
    El mes pasado mi vieja falleció y me encontré cara a cara sólo con mi viejo, en la casa grande y de techos altos, olor a fonda de las once de la mañana, la pava quieta y la yerba avejentada con mosquitas arriba.
 -¿Vas a dejar el mate ahí nomás con todas las mosquitas arriba?- Le pregunté a mi viejo enojado todavía no se por qué o con qué.- Se me quedó mirando unos segundos y respondió sin hacer casi pausa entre palabra y palabra:  
 -Si querés le aviso al mayordomo del palacio que venga a retirarlo. De paso haceme un favor, llamá a la ama de llaves y decile que me tenga lista la limo en la puerta de la mansión que me voy a tomar una ginebra con los muchachos del barrio, nunca estuve tan bien che. – Yo entendí que ese era un sarcasmo triste, abandonado, algo así como el último lastre contra la furia de una vida acabada, barrida.
 -Bueno pá, no tengo ganas de pelear, decí lo que quieras.- Me levanté rápido de la silla, pero inmediatamente sobrevino un apagón de presión, luz y energía a mis ojos y mi cabeza, y me tuve que volver a sentar desmañado por la sensación. Mi viejo se paró rápido y se acercó con un trapo mojado.
 –Ves Juan que yo te digo siempre que tenés que comer un poco más de salamín con queso y menos sushi, yo te digo eso siempre- Me decía mientras me ponía el trapo mojado en la nuca.
 –Vos seguís con esa vida de nene rico que no sos, acostumbrate de una vez. – Me mojaba la nuca con gotitas frías que se soltaban del trapo estrujado mientras jadeaba entre palabra y palabra asustado. Mi viejo es un tipo sensible, tal vez demasiado. Cualquier acontecimiento que de vuelta las agujas del reloj, lo asusta. Los cambios, la presión baja, la muerte, el mate con mosquitas, son vientos sobre un tablero de ajedrez desparramado.
 – Tu mamá fue igual después, siempre quiso otra cosa, que no se qué era, pero igual así y todo nos seguimos amando mucho. Mirá vos. – Me quedé pensando en esas últimas palabras. “Mirá vos”. Final disimulado para un mensaje colmado de historias y secretos. Pasaron unos cuantos minutos, no sé cuántos, pero suficientes para que yo arrebata con LA pregunta:                  
-Che…pá….¿Qué hacemos con las cenizas de la vieja?- Inmediatamente pude escuchar su incomodidad silenciada ante semejante pregunta.
-Yo ya tengo pensado un lugar…Es en un barrio, por Villa Lugano. Es un barrio humilde viste, con casitas modestas, gente muy buena. Quiero mezclarlas con la tierra de allá- Me contestó algo titubeante, pero sospeché que no sería fácil tener que hablar redimido acerca de las cenizas de Ella.  Aún así noté que la respuesta había sido premeditada, posiblemente desde mucho antes de la muerte de Ella. Me los imaginé con los años jóvenes y lacios sobre ellos, sin hijos, desayunando tostadas en un pretil y hablando de los nombres que elegirían si tuvieran chicos. Y años después, tres hijos, yemas de las manos horadadas por el tiempo alto, chistes negros, diagnósticos, olor a hospital y las palabras de Ella atravesando los oídos acorazonados de él: Cuando me muera quiero que…
- ¿Y por qué ahí? ¿Las vas a ir a tirar en el medio de la nada, en un lugar con gente que nunca la conoció? ¿Lo pensaste bien? Decime pá, ¿Por qué ahí?- Me arrebataba la idea de arrojar las cenizas en una tierra tan ajena para mí, me percataba el desperdicio que eso significaría, lo único que quedaba de Ella y lo íbamos a tirar en el medio de una villa, sí de una villa, porque barrio humilde era un eufemismo para mí.
- A tu mamá le hubiese gustado ahí, apenas enfermó lo primero que me dijo fue que si esto terminaba en lo que terminó, que la dejemos ahí, especí-fica-mente ahí ¿Entendés?- Esa esdrújula la alargó mirándome fijo y profundo, en una amenaza tácita por una decisión tomada por Ella y nadie más que Ella. Él se quedó unos minutos pensando, mientras seguía escurriendo el trapo en mi nuca y por momentos dejaba de escurrir y arrastraba el trapo mojado, bajando al cuello y llegando al hueso de la espalda, donde apretaba más fuerte el trapo y las gotitas corrían por debajo de mi remera hasta desaparecer en la mitad de mi espalda.
–Ella quier…ella quería que las arrojáramos ahí. Con tu mamá solíamos visitar ese barrio, éramos jóvenes. Vos sabés, nos conocimos en la facultad. Pero tiempo después nos metimos en una agrupación y militábamos. Esa sí que no te la sabés pibe. Era una agrupación peronista. – “Peronista”. Me sonaba el peronismo casi tatuado en la piel de mi viejo por tantos domingos en la cancha con la camiseta de Boca, choripán en la esquina del estadio, relatos rancios y sórdidos acerca la noche de los lápices y la dictadura. Pero Ella nunca nombraba a Perón. Ella relegaba la sección política del diario para ir directamente al suplemento de Espectáculos. Ella prefería las hamburguesas de Mc Donalds y la Coca Cola al choripán de la esquina y le gustaba ir de shopping. Peronismo y Ella no hermanaban adentro de mi cabeza.
-¿Y cómo fue eso así? – Le pregunté a mi viejo en un intento por bosquejar la historia que los había envuelto a los dos, no como mis padres, sino como jóvenes peronistas y estudiantes.
- Fue por junio del 73, tu mamá y yo nos habíamos conocido en marzo, durante la dictadura de Lanusse, ese era otro tremendo hijo de puta. La cosa es que yo ya estaba metido en la orga; era militante peroncho tu papá, el mismo que viste y calza. Y yo ésto nunca te lo conté, porque vos creciste tan distinto que yo no quería llenarte de mis ideas políticas, quería que eligieras. Elegiste a tu manera, dejémoslo ahí. La cuestión es que el día que asumió Cámpora, el 25 de mayo del ´73 fuimos los del centro de estudiantes a la Plaza a festejar y esa misma semana con nuevos aires empezamos a organizarnos entre nosotros para ir a los barrios a llevar la militancia. Con tu mamá elegimos el barrio obrero, en Villa Lugano, porque ahí había un primo del Cabeza; creo que nunca te conté del Cabeza; un tipo bueno que trabajaba en el ministerio y amigo de Luis, el presi del centro. Y empezamos a ir con los compañeros todos los sábados, organizábamos actividades con la gente del barrio, teatro de marionetas para los chicos, cocinábamos para todos, tu mamá hacía unas ollas populares con las mujeres del barrio que no te dás una idea. Una vez hicimos un asado tan bueno, que el olor a carne ahumada llegó hasta el Inta y vinieron un montón de pibes así de chicos a comer.- Levanté la cabeza para mirarlo, tenía los ojos azules más azules que nunca, una cortina de lágrimas ahí nomás a la vista de los míos y la mano levantada y estirada más debajo de mis brazos para mostrarme quizás la altura de algunos pibes esa tarde de asado.
- Ajá …¿Y entonces? ¿Cómo sigue la cosa?- Yo ya no podía disimular mis ganas de conocer más a mi vieja; mi vieja cuando todavía no era mi mamá.
- Y eso… ¿Te parece poco? Ojalá pudiera revivir el cuarto de cosas que viví ahí. Y no se discute más lo de las cenizas.- Mi viejo me dio una palmada en la espalda y sentí sus labios sobre mi pelo. Un beso. Hacía tanto que mi viejo no me daba un beso en la cabeza… De pronto fui sintiendo cómo las gotitas en mi nuca se secaban, poco a poco. Ya me sentía mejor. El reloj dio vueltas y de a poquito, barrio obrero y mate con choripán; peronismo por aquí y por allá, colores en el aire, notas de chamamé en la tierra de Lugano y chicos así de chiquitos comiendo de mi plato. Y mi mamá. Por siempre y hasta la victoria mi mamá…

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