Las Almitas de los Aymará (por URSULA MARINA)

   Este escrito lo había borrado de la compu y me disponía a eliminarlo por completo, cuando lo releí y me pareció que tenía que publicarse. 

     El cauce del río angosto y socio de este duelo se asoma ambivalente por momentos. Ella no quiere ni siquiera pensar que puede pensar; pensar que quizás tus abrazos acallen acaso la menuda reanudación del presente que ahora me envuelve en un tubo cerrado por telas de arañas. Presente que se apremia en transfigurarse en un ayer iluso en mi memoria, reducido a pura química cerebral. Natural anti natural es que vos no estés más acá y que en otra de las sádicas intervenciones de la naturaleza, tu imagen se erosione pero quieta, difusa, muda. O se escape entre palabras de otros, o mías y no entre las tuyas.


    Es en esos vaivenes, dadores o ladrones de vida, que Ella cree buscarte, te llama y se escucha a lo lejos un grito sordo y vaciado. Si me acerco al umbral de la puerta de hierro, puedo verla salir como lo hacía entre semana con bolsos llenos de papeles y tarjetas, marcadores color flúor y caballos cansados, aún disimulados por una sonrisa que apretaba su cara en un surco atrevido de oreja a oreja. La puerta esa ahora me acecha, me mira; si fuera una persona se reiría fuerte de mí (tal vez lo sea), de mis pies pesados que se arrastran cuando la miro como queriendo invocar los fantasmas de antes. ¿Está escrito en algún libro que en las altas cumbres del altiplano andino los viejos hombres de la tribu Aymará cuentan que al momento de morir, el cuerpo cede el alma a la pachamama? El alma entonces regresa a la tierra madre de dónde alguna vez afloró. Muchas almitas de la tribu se devuelven y envuelven en el ciclo de la vida natural, atesorándose en la memoria de la tierra roja y firme.  Por las nochecitas de lluvia, las almas entran en cada una de las viviendas de los habitantes de la tribu y en un beso con sabor a tierra mojada, se despiden de cada habitante Aymará hasta la próxima lluvia,  ruborizando sus mejillas doradas de cobre. Pena que Ella haya crecido y respire entre edificios altos y grises y que las tierras rojas y firmes le sean tan ajenas como la tribu Aymará. Reivindicar el alma como aquella que piensa devolverse a la tierra sería tan impredecible como visitar las altas cumbres donde habitan los Aymará, algún día de su calculado calendario tan sólo a veces quebrado por el umbral de una puerta fría o el cauce de un río que quiere ser olvidado. 

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