LACASA SINVUELO (por Ursula Marina)
A todos los padecientes y sus madres
Un viento imperioso azotaba las ventanas de la casa sumergida,
escondida, en aquel bosque inmediato a la cordillera, a kilómetros de Esquel.
Ya empezaban a caer las primeras gotas de la tormenta que se aventajaba. Se
aventuraban los primeros días de septiembre y Juan había salido a buscar leña
para el guiso de ciervo que estaba preparando Teresa, su mamà. Juan Abelardo
Ramos era un hombre de unos 33 años, alto, robusto y tosco en sus movimientos.
Esa tarde de sábado, había salido en busca de algún árbol caìdo para cortar.
Caminaba pisando fuerte con sus zapatos de goma y debajo de sus zapatos las
ramas crujìan entre hojas caìdas. En cada paso, el bosque se infiltraba en èl
apropiándose de sus pies hasta llegar a su entrepierna, y debajo de su ombligo entibiando
paulatinamente su piel fragmentada.
El hacha se alzò
alta y golpeò fuerte de arriba hacia abajo una y otra vez; Juan mantenìa la
mandíbula bien cerrada presionando diente con diente y los músculos de todo el
cuerpo rìgidos y contraídos. Cortò varios trozos grandes de madera de
eucalipto. Cada vez que se disponía a
bajar el hacha y golpear fuerte contra el tronco, una fuerza taumatùrgica y
espesa impregnaba su mano decretando cada golpe que daba. Llenò la bolsa que le
había dado su madre, de trozos de madera y disparò una carcajada engreìda
torciendo la boca hacia un costado. Con un movimiento repentino y rùstico alzò la
bolsa por un extremo, y volcándola sobre su espalda, comenzó a caminar apresurado,sudoroso,
tenso, inclinado hacia delante y haciendo ruido de nuevo con sus zapatos de
goma. Las gotas caìan ahora mas fuertes y de manera ininterrumpida. El cielo
lanzò un flash rabioso y un quejido; las
nubes colisionaron con tanta fuerza que todo estremeció . Juan también.
El velo oscuro y
envolvente se arremetìa hiperbólico en el
bosque junto a la voz de su madre que se revolvía en el viento. La mano derecha
de Teresa sostuvo el hacha enseñàndole a Juan còmo se tenía que cortar la leña.
El tronco de aquel árbol esperaba en el piso y con los dedos de la otra mano,
Teresa lo rozó acariciándolo suave y delicadamente. En un torbellino de ardor, Juan cerrò sus
ojos y echò la cabeza levemente hacia atrás abriendo su boca y emitiendo
quejidos incandescentes. Con la mirada viciosa y suspendida en su hijo y la
mano bien asida al hacha, su madre le enseñaba.
La puerta se abrió impetuosa
y en el marco se dibujò la silueta demorada de Juan y el bosque oscuro, tardío. Truenos, chispazos blancos y
originantes bocetaron su mirada culposa y retraìda . La cuchilla que tenía
agarrada a Teresa por la mano, interrumpió las rebanadas de ideas vehementes y del
apio apoyado sobre un tablón de madera. La
naturaleza es sabia pensò Teresa.
Clavò furiosa la
cuchilla en uno de los bordes del tablón y sus labios entumecidos y duros repentinamente
mutaron a una sonrisa y una carcajada violenta asaltando y agitando latidos
cada vez màs intensos en Juan. La
naturaleza es sabia .
Teresa caminò
despacio hacia su hijo. Sin mirar la bolsa, torció rápido su cuello y sostuvo
la sonrisa desencajada al mismo tiempo que le arrancaba de la mano la bolsa negra.
Con la mirada firme sobre los ojos de Juan y la sonrisa de punta a punta,
tatuaba la piel de su hijo que ahora se erizaba tirante. Los ojos de su madre ya
viejos, se llenaron de una negrura densa, imprevista y encolerizada porque Juan
se había retrasado. Llovìa fuerte y ¿Acaso èl sabìa cuàn peligroso era permanecer
fuera de la casa?
Juan abrió su boca
para hablar, pero de su garganta sòlo escapò un gemido gutural y lloriqueò
cerrando fuerte los ojos y haciéndose chiquito. Ya sentía còmo una de sus
piernas se iba aflojando y esa fuerza que lo había atrapado antes, ahora se
fugaba por los poros desmembrados de su piel. Su mano derecha debilitada y
ahora temblorosa, parecía contraerse hasta absorberse en la casa y enclenque, se
borraban partes de èl como las rebanadas del apio que reposaba sobre el tablón de
madera. La madre se acercò complaciente, con pasos seguros y duros, con una
mano se desatò el cabello y con la otra emprendió una bùsqueda afortunada hasta
aglutinarse en caricias familiares que se hallaron inmediatas .
La tormenta
arremetìa contra las ventanas de la casa. El hacha quieta. Y enfrente la cama
morada, inmóvil y opaca.


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