Dos Gar-de-nias (por URSULA MARINA)


                                         
                                                                                                              

                                                                                       A mi viejo, Eduardo y ferretero  


    
     Sí Julio, el cielo y la piedrita y la punta del zapato. Y lo demás es desbandada anónima y errática, bucles ouroboreanos sin salida de emergencia, jugadas de aquellos que nunca salieron de la caverna; el río que no fluye. Pero rascarse debajo del pie ahí donde pica fuerte y sentir el alivio placentero de la yema de los dedos raspando el talón caliente; caminar en verano entre árboles caídos forjadores de un soberano instante el último día de clases o el sabor nato y pleno de las hojas de pino sobre el asfalto mojado por una lluvia atlántica y calurosa; son caras de una misma forma, marcas como reminiscencias de otra vida pero que siempre fue ésta.  Helado de crema al paladar; tu mano sosteniendo la mía fuerte por última vez y nunca más. Piedra, punta, cielo. Punta, piedra, cielo. ¡Cuántos escenarios y pormenores inmejorables, exclusivos y esenciales! Y ¡Cuánto te necesito y qué lindo es finalmente poder decirlo! Lo pienso, lo escribo, lo leo y lo enuncio. Qué tierno es poder hablar un poco en idioma de cielo de rayuelas. ¿Guardaremos piedad por aquellos que no aprenden y continúan con los pies estancados en un río que no fluye? Sí Julio, porque muy pocos aprenden y todos terminan la infancia rápido. Y después las angustias al divino botón. La piedra cae lejos y rompe un vidrio. Y de pronto, ella al otro lado de la ventana; me enamora, me enamoro de sus pies, ella nombrándome, ella sin vueltas, simple, sosegada, liberando intensa por los poros de su piel y su boca dispensas al mundo. Ahí nomás te descuidás y, doblando la calle por la esquina, descubrís su anverso en el vidrio de un cafetín de buenos aires y entendés que acaso una piedrita y un puntapié o un vidrio roto, no sean tan indispensables como la impresión centelleante de su olor cerca del mío y el plato de pastas de mi abuela cuando era chico  por última vez y nunca más. Entonces tal vez ya no cuente de un cielo de ángeles y rayuelas, quizás tirando una piedrita, jugando a ser humano y recapitulando costales  de recuerdos portentosos, sólo así pueda acaso bailar en una pata cerquita del cielo de tiza. Y qué lindo era jugar a la rayuela. Cómo me gustaba….
    Eran las 2 de la mañana de la madrugada calurosa del 22 de diciembre cuando Eduardo se despojó de sus almohadas dando un salto con la nuca por la acometida de espadas arrebatadoras que se habían entrometido en sus sueños. Una suerte de gigante metálico con dos espadas se había asomado repentino desde atrás del mostrador de su ferretería  y se proponía ahora arremeter directo a su pecho y hundir las espadas en el centro de su pecho. Un salto mágico por arriba del mostrador y ahora el gigante era un combatiente con la cara saqueada por el descontrol y el desarraigo; la locura y el desenfreno en su mirada y en su brazo derecho un FAL calibre 7.65 mm empuñado con tanto ímpetu que Eduardo deseó en ese momento morir, pero morir por un motivo biológicamente interno, un motivo que sea suyo, que la culpa sea su propio cuerpo y no la inmodesta barbarie de otro con traje de milico.  La vida en ese momento pareció un sueño, un sueño dentro de otro sueño, algo así como una mamushka de mil días y mil millones de noches. Porque ¿Qué es la vida sino un montón de invenciones ilusas guardadas en cajitas dentro de otras cajitas? Un sueño  en un cajón de un armario en una habitación dentro de una casa en un barrio de una cierta ciudad en un país de algún mundo.  Y así hasta tropezar con un muro universal (universal qué palabra, no entiendo no entenderla) que es el universo y que si pretendemos que ese sea el final de la historia, fracasamos en el intento tan pronto caemos en la cuenta de la infinidad del universo y que es esa misma vastedad la que nos resulta tan ajena como el mundo de las hormigas que se mueve según sus propias leyes de hormigas con su orden implícita y animalmente establecido sin ningún escrito previo sobre cómo ordenarse, y resulta ser que el mundo de las hormigas está ahí nomás del nuestro, porque es la cajita dentro de otra cajita, pero a la vez tan ajeno e intocable aunque ambos mundos estén uno dentro del otro como las mamushkas que no se tocan a pesar de estar ensimismadas. El soldado decide apretar el gatillo del FAL y Eduardo oye las feroces balas de una pólvora ávidamente asesina y ahora se entremezcla con la alarma tintineante que marca en letras robóticas y amarillas las 6 de la mañana. Eduardo siente la veloz calma de saber que lo que vivió fue lo que los normales llaman sueño y seguidamente se convencen pensando en la esencia irreal del sueño hasta que un tal Sigmund zarandea los discursos habituales con sus enunciados sobre formaciones del inconsciente y entonces la irrealidad podría no ser un atributo del sueño sino más bien una creación ficticia propiamente inconsciente, una configuración intangible, pero no por eso falaz ni sinónimo de irreal. Eduardo se despega de las sábanas calientes y se mira en el espejo del baño oscuro  también caliente y húmedo. El espejo le devuelve una mueca de fatiga y unas mejillas sudorosas que brillan a la luz del bañito del 8° A. Se lava las manos como cada mañana con el mismo jabón neutro de la misma marca comprado en el mismo supermercadito chino de la esquina del departamento en avenida de mayo y Chacabuco. Una especie de humo de agua sobreviene en sus manos y disipa los restos de sudor haciendo que algo de todo valga la pena.
    La ferretería “La Duda” en la otra esquina de su departamento de Av de Mayo y chacabuco, cerrada y habitualmente fría parece más bien una madriguera con aires de fierros y clavos amontonados en cajones. Eduardo hurga en su bolsillo de su pantalón gris oscuro (el del lunes porque hoy es lunes y conserva un traje igual para cada día) y saca la llave de la ferretería. En el interior encuentra dos cuentas para pagar, una de luz y otra de agua y vomita dos o tres insultos contra el Estado nacional. Los días ahí se bosquejan con Don Ramón, el vendedor de café y facturas, que se asoma por la puerta a ofrecer un café con leche mediano y dos medialunas de grasa para Eduardo. Más tarde, a las 11, pasará Guillermo, proveedor de flexibles, y se sentará como todos los lunes en el banquito de hierro al lado del mostrador  para hablar de la delincuencia juvenil, que cada vez hay más villas y antes se vivía mejor. Eduardo, en una explícita aquiescencia, asiente con la cabeza y ante cada pausa de respiración de Guillermo, afirma que sí, que tiene razón, en qué vamos a terminar, se viene el caos, eh, yo sé lo que te digo. Entre meollos de quejosa algarabía cotidiana, cruza el umbral del marco frío de la puerta un chico bastante sucio, con manchas negras por todo el cuerpo, piernas escuálidas y llenas de ronchas rojas y secas, una remera con un estampado borrado por los días de trabajo o el trabajo de los días sobre él y una mirada errante, casi podría no llamarla mirada, porque la mirada despabila la sospecha de algún sujeto detrás de esos ojos, alguien que desea, que ama, odia, prefiere y elige. Eran más bien dos agujeros negros pero vacíos, vaciados por los días y colmados por los días vaciados. Abre la boca y pide una moneda para él y sus hermanitos y Eduardo empieza a prever algo de todo en cámara lenta, las palabras pronunciadas en un futuro más hic et nunc que futuro, exactamente las mismas palabras que el chico ahora está diciendo con un cabal movimiento de boca y gestos virtualmente previstos en el imaginario de Eduardo. Sabe que todo eso se le viene encima como una bola de nieve en el medio de un playón de estacionamiento vacío, algo así como una mariposa sin alas, un árbol caído con las ramas secas desparramadas por el piso. –No damos nada acá, andate- dijo firme Eduardo una centésima de segundo después de haberse parado mientras se batía al frente del mostrador en postura de defensa frente a un ataque enemigo. Estaba preparado para lo que sea, estoy preparado, se decía todo el tiempo así mismo y no te atrevas a moverte un paso más, detrás del mostrador el viejo colt 38 está cargado con una buena pólvora importada y sino arriesgate que te muestro mocoso mugriento. Increíble pensar lo que se piensa cuando se piensa, aquello rápido y escapado al habla, pero que se llega a articular de alguna rauda manera en palabras y entonces se  piensa; la ligereza del pensamiento es tan hábil como la de las estrellas fugaces, estrellas que… ¿dejan de existir por lo que sustancialmente son o porque las enunciamos como eso que hablamos que son, estrellas fugaces?
     La despertó la bocina estridente de un colectivo y unas pisoteadas de tacón que resonaron cerca de su oído derecho y que se fueron alejando al doblar  la esquina de avenida de mayo y una de esas calles del centro que no me acuerdo, da igual, ya me acordaré.. Era la primera vez que se le había ocurrido recostarse ahí esa noche calurosa del 22 de diciembre, porque habían caminado tantas horas con Jorge Luis vendiendo gardenias a los coches parados en los semáforos, que se habían sentido atraídos por esa esquina como una moneda a un imán. Apoyó los ramos de gardenias algo marchitas por el calor de todo el día y mientras su hermano Jorge Luis se proponía comerse el pancho que un señor recién salido del subte y apenado por el aspecto de ambos le había comprado en la esquina anterior, Caridad juntó varios cartones de la calle y los arrojó al piso contra la esquina de una cafetería. Era ya muy tarde para volver a la pensión de la calle Palos y Olavaria en  La Boca; la fatiga se había vestido de ansiedades fogosas por tirarse sobre cualquier base plana, cama, colchón, mesa, sillón, tablón, papel de diario, cartón, piso, piso, piso, cartón, piso, cartón sobre el piso. Los días de calor eran los aliados a la hora de dormir al aire libre; habían sufrido las penurias del frío, la amarga e intensa frigidez de las noches y el punzante y garrafal aire helado de las mañanas de julio y agosto.  Tal vez  fuera su original alcurnia, su tierra cubana que los había conocido hacía años luz, las palmeras amigas que siempre miran hacia el cielo, el agua celeste y salada y el aire cálido; el edén cubano, porque el paraíso perdido es un mito; el cielo en la tierra y la tierra en el cielo y todo lo demás es literatura. Tal vez fuera todo eso que ella llevaba en su sangre, todo eso que paladeaba en recuerdos chiquitos y amarillos, todo eso acompasaba con el calor. ¿Quién dice que esa tierra de playas no fue quizás la morada de los dioses y ángeles alguna vez cuando el homo sapiens o quien quiera que fuera con dos patas o cuatro no caminaba aún porque ni siquiera existía la fórmula genética para que existiera? Esas tierras  no estaban tan lejos, las recaudaba en su memoria, que volaba como barrilete en los días de calor, pero con aletas que se helaban atascadas en alguna terraza de sus designios mentales los días y las noches de julio y agosto.
     Caridad se había despertado con una molestia en el oído, desadormecidos por el ruido intenso de los tacones histéricos contra el pavimento. Un dolor afilado viajaba en milésimas de segundos hacia el fondo de sus oídos y se sentía como un cepillo con cerdas de metal que penetraban fuerte en el tímpano y enredaban con tirones el calvario auditivo que se erigía lento e intolerable adentro de sus orejas. La baldosa floja un día de tormenta, luego de haber caminado por horas sobre unas zapatillas de lona rasgadas por el uso, concediendo la entrada turbulenta y fría del agua sucia y mojando las plantas de los pies con los dedos resbalados e incómodamente amontonados entre sí, un golpe equivocado, seco y duro de la frente contra la punta de una estantería, un pellizcón inmediato pero demasiado tumultuoso y las máquinas contestadoras saltando de un lado a otro con interludios musicales prolongados e irritablemente ignorantes de quejas desentendidas; tal vez fueran algo semejante a su dolor de oídos esa mañana calurosa del 23 de diciembre.
    El aire del microcentro de buenos aires tiene ese no sè què pensaba ella entretanto, algo asì como el olor a rasguido de guitarra vieja en el fondo de un cafetín oscuro y saciado por los que van y se quedan, horas transeúntes rellenas de fútbol, mujeres de aquì y de allà, la pugna de la derecha y la izquierda SIEMPRE, la pollería màs barata, el sol sale por el este o el oeste y litigios barriales bajo el meridiano slogan: ¿Hay que dar la otra mejilla? Las ojotas turbias amarillas de Caridad cortaban el aire caliente y sucio de humo de cigarrillo y nafta y parecía como si los ramitos de gardenias le marcaran el camino por la vereda. Jorge Luis de vez en cuando se perdía en alguna galerìa de la avenida, entrando y saliendo, mirando con calculado detenimiento cada vidriera, insertàndose en un espejo en donde la ropa quieta lo miraba anàloga detràs del vidrio frìo , pero asì de quieta tambièn sonriendo con la boca torcida y el ceño fruncido, las cejas levantadas, riéndose fuerte de èl, de sus zapatillas de lona mojadas y deshechas y su remera a rayas de hace 20 dias. En las galerìas hay otra cosa, pensaba él,  hay un otro mundo, un segundo mundo que no es el de afuera, piso encerado, negocios divididos como paìses limítrofes y vendedores enajenados de la luz del sol del primer mundo de afuera. El calor abrasivo que se mueve oriundo por las calles de la capital, esquiva la entrada a las galerìas, pasa por al lado mirando de reojo y sigue tintineando hermètico y sofocante por las avenidas y demàs calles. Y es eso lo que le gustaba tanto a Jorge Luis, la ley de ubicuidad que el calor de buenos aires cree ferviente pregonar y cuya omnipresencia fracasa en la galerìa como si fuera un vampiro asustado por un atado de ajos  colgado en el marco de alguna puerta.  Caridad dobló en la calle ay tampoco me acuerdo cuál pero realmente no viene al caso , caminó cien metros, se dio vuelta, caminó otros cien metros, se dió vuelta otra vez y vio una mujer con una bolsa blanca de supermercado, el pelo alto, inflado, rubio ceniza y corto; hasta podía saborear el perfume a jazmín en su pelo y eso le molestaba peor; al lado de la mujer un chico de unos 7 años tomado de la mano de la mujer de pelo inflado. ¿Jorge Luis dónde estás?  Un auto rojo pasó ràpido por al lado de ella con un ruido fuerte y grave de motor corroìdo y àvido acelerador. El viento le trajo a sus oìdos unas palabras armadas en un insulto reaccionario al ruido corrupto del auto, un insulto largo y compuesto, firme y necesario como golpear fuerte una puerta cerrándola como si fuera de telgopor, lista a romperse, quebrarse y hacerse bolitas elásticas que se esparcen por el piso.
    Le dicen “el polaco” por el apellido, pero su nombre es Juan Carlos. Cada tanto compra precintos en la ferreterìa y se toma un vaso de agua que Eduardo le ofrece en un sinfín de diàlogos inundados por lugares comunes, moralejas, refranes y consejos de revistas de artillería. –Son 5 pesos polaco- Eduardo soltò el nùmero un instante después de haberle tendido el vaso de agua al polaco como pidiendo perdòn por cobrarle a èl, por venderle unos precintos de plàstico de porquerìa, por estar ahì los dos juntos en ese lugar y a esa hora, sin misiones guerrilleras ni vida o muerte en un ajedrez de combate. Le molestaba conocer y reconocer cada día un poco màs lastimosamente que sus días rodaban a pila, en un meollo sostenido por paquetes de tornillos, tuercas, clavos, precintos, mangueras y disputas por vueltos mal dados o facturas impagas. Allà por el 82 la cosa, la cosa, era diferente, la disputa no era una moneda, la moneda era la reductible vida,  y la vida era una moneda de dos caras, de un lado la permanencia, del otro lado la muerte; cara o seca, asì de simple y circunvalar como las tardes materas con  su mejor amigo Julio Casanova, tardes llegadas a su fin bajo la pujanza megalomaníaca de una bala procedente de una Browning calibre 9 mm indeterminadamente ensañada con los soldados argentinos que aguardaban el ataque enemigo  temblorosos de miedo y frío en las trincheras de la isla cerca de la costa del estrecho de San Carlos en la Isla de Malvinas allá por la cosa del 82 .
    Ni rastros de Jorde Luis. Caridad piensa que tal vez lo mejor sea buscar a su hermano y seguir la caminata hasta Santa Fé y Callao donde largas colas de autos esperan apilados uno detrás del otro, imperdible oportunidad de venta de gardenias. Cuántos estarían yendo a ver a su novia, su esposa, o tal vez mujeres ansiosas por ver a su novio y sin tanto prejuicio, le llevan una gardenia y lo saludan con un beso en la boca; enfermos aguardando una caricia, un saludo o una flor en una salita oscura y miles de oportunidades más. Y mientras tanto los billetes se ordenaban en fajos de dos, cinco , diez , veinte , cincuenta pesos y por último Eduardo apilaba los de cien pesos. Entretanto los tanques se desquitaban de una pólvora inquieta que iba y venia en el campo de batalla. Un estruendo como el de una bomba dentro de una lata de arvejas cerrada lo sacudió y entonces pudo ver cómo Julio Casanova, su amigo y tal vez y siempre el mejor de sus amigos, (porque murió y se perpetúa la amistad así para él, la muerte congela momentos, hace escansión barriendo por un lado el amor, las situaciones, pasatiempos; los mueve a la palita y de ahí derecho al tacho, ¡plop! Y por otro lado el piso bien limpito, barrido, sin todo eso que ahora está en el tacho y desaparece en la maquinaria transitiva que hasta hace desaparecer todo eso del tacho) volaba en el aire en un sádico juego culinario y paralelo de waffles al techo , en sórdida despedida desde un trampolín invisible. ¡Bum! Inmediatamente otra explosión que hizo casi estallar su tímpano en mil millones de partecitas y un grandioso golpe de fuego y calor a su derecha y ahora adelante, ahí nomás a unos metros y en simultáneo golpes arrítmicos atrás de su oreja,              de nuevo otra explosión y él entrometido en esa kermesse áspera de armas de fuego secretas que salían por donde sea. Y los fajos de billetes como ordenadores de realidades chiquitas y controladas; billetes guardados y divididos por catálogos numéricos. Realidades atadas con gomita y en cajitas, de nuevo las cajitas, la vida dentro de otra vida y entonces él era un soldado de Malvinas de 18 años y ahí nomás, en una barrida de años, un ferretero amargado por el peso de la palita en sus hombros. 
    Sostuvo fuerte el ramo de gardenias y gritó el nombre de Jorge Luis. Ni rastros. Varios metros atrás seguro lo encontraría. Dio media vuelta y empezó a caminar hacia la esquina de Avenida de Mayo y Chacabuco. Le llamó la atención un cartel gris y las palabras pintadas en negro : “La Duda” hicieron eco en su nuca bailando entre ellas un tango, Duda sacó a bailar a La y La aceptó sin más vueltas que la de un “Sí, por supuesto”. Quizás fuera su alma mater nutricia de una curiosidad vehemente y ávida en inventar nuevos misterios anormales o quizás fueran las ansias de encontrar a su hermano para llegar a Santa Fé y Callao; en cualquier caso algo más la habitaba empujándola a esa esquina, a entrar y conocer ese lugar de pecho frío, incógnito y ensombrecido por los altos edificios de la avenida.
    Los fajos se ordenan siempre igual, lástima que ese inmutable silencio de cajón no acalle las bombas en mi cabeza….El cigarrillo se me cayó prendido puta madre. Eduardo cerró fuerte el cajón y se acercó a la puerta del local acaso para dejar de mirar el cajón quieto y cerrado, frío, apaciguado. En eso estaba cuando le pareció escuchar un golpeteo de ritmos de cha cha chá y unos rulos crispados y negros sinfín se asomaron a sus ojos. Una gardenia blanca en una mano y en la otra el ramo. La boca morada como salida de un árbol de parra del fondo de un patio en una casa de campo. Boca triangular, el labio de arriba en punta, y el de abajo alargado pero rozagante y dividido en pliegues perfectos imperfectamente unidos entre sí por el color morado.   -Buenas tardes señor, ¿una gardenia? - Ahí nomás Caridad sintió una sacudida adentro suyo, el corazón mas agitado que de costumbre. Un par de ojos aquietados y de un azul polar de otras vidas, ojos callados y abandonados por minutos violentamente transitados. La boca fina y pálida de él se movió temblorosa y después de algo que pareció una eternidad respondió que no, gracias. El nombre de Jorge Luis se soltó de la garganta de ella y Eduardo enseguida se acordó del muchacho de la mañana, ese que había echado de una forma bruta, bárbara. Se sintió una hormiga, peor, se sintió un parásito que se alimenta de bichitos del intestino. De repente un chico alto y flaco, moreno y con la cara alargada para abajo apareció de detrás de un container de basura y la abrazó a Caridad por detrás. A ella se le dibujó una sonrisa de una punta a la otra punta de la otra oreja y los aritos de colores se hamacaron frenéticos. Contenta ella de encontrar a Jorge Luis. Una musiquita como de rumba bailoteó en los oídos de Eduardo y la palabra GAR DE NIA lo rodeó como una sombra cálida de enero aplacando la cortina fría que era su cuerpo. Las bombas cesaron repentinas. El olvido hecho pólvora de aire y flores y después caminatas por las callecitas de La Boca, charlas dilatadas en el pasillito de ay se me fue la palabra, los murales de chapa de colores, el azul y el amarillo por todos lados y cerquita un mate yendo y viniendo desde la boca triangular de ella a la boca fina de él, ideas suavizadas por un tobogán de colores, caminito los domingos y pizza casera los miércoles sentados en la vereda de Palos debajo de un cordón lleno de lucecitas rojas, amarillas y azules. Un edén cubano en el barrio de La Boca, croquis de besos y contiendas apasionantes de cuerpo a cuerpo  por las noches deshaciendo prejuicios y haciendo el amor. Ahora su desfachatez estaba siendo enterrada por abajo, traspasando el vientre de ella y desembarcando en su boca, palpitante triángulo de bermudas.  Dos gardenias blancas- blancas pasaron de mano en mano, mimos de nochecitas de guaguancó y ritmos de pachanga nacidos de su lengua y creciendo hasta la de él y una voz cargada de esperanzas, ansias de volver a Cuba alguna vez. Pero volver con él.


    

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