LA RACHA (por URSULA MARINA)
Alguna vez se dijo por ahí… por estos lados inventaron la mala racha que viola los dedos del escritor… aunque para mí tenga más de racha que de mala. Una columna de naipes que aleatoriamente sacan los que juegan, y eso que no hay otra cosa más linda de la racha y mayor que la del juego simple que promete. Toque buena o mala… La racha dice que viene y se va, sin altos preámbulos camina por la nuca y los pocos pelos de la frente, se trepa por las orejas y descansa en los ojos del que escribe. Piensan los que piensan que hay buenas y malas rachas, y los que piensan que piensan desfilan por la hoja escrita sólo en los buenos ratos o rachas o ratas en la cabeza. La mala mano pasa y los que piensan demasiado la dejan volar de frente a sus narices y escaparse a los dedos del que arriesga a tirar las cartas y gritar envido. Los que poco de té y tanto más de tango y vino en mantel saben, piensan que poco saben de las buenas y malas rachas del que escribe, tanto más saben de caminos fluctuantes y pedreras, andenes cambiantes de estación a estación y palmas curtidas por pico y pala. De costadito piden el pan para el hogar y resbala cerca el sudor de la frente de los nadies; la racha entonces se cruza de brazos, se ríe fuerte con carcajada exagerada entremezclada con ruido de cortadora de fiambre de los vagones pesados y mira de frente y pecho al escritor medio pelo que de costado piensa que sabe más que los nadies del vagón porque él escribe de letras y no con vino sobre mantel. Y ahí nomás en lo más alto del viaje en tren, la racha se abraza al que pide monedas de vagón en vagón o canta canción para el pan de cada día y enseguida le da la espalda al que escribe que piensa que sabe porque escribe y que cree en las buenas y malas rachas rodando por su hoja. La racha paradita ahí de espaldas al medio pelo, brinda con vino, mancha el mantel, canta la canción del pan duro o come fideos con manteca de prestado algún que otro domingo. Y dicen los que no dicen que saben, que no hay buenas ni malas para el medio pelo que escribe de letras ni que viaja sentado en el tren o conoce de tés. Sólo hay buenas y malas para el pobre de camisa manchada de vino y arqueado por manos deshojadas a pico y pala o vencido por tanto hambre que de una sola racha lo deja mareado.


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